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Fernando J. López

Perfil

26 febrero, 2015

Pocos valores son tan importantes de inculcar en las aulas como el respeto. Respeto a los compañeros, a los profesores, a las familias. Respeto a los semejantes y a los diferentes. Respeto como forma de relación que nada tiene que ver con esa palabra cargada de connotaciones peligrosas, la tolerancia, pues no se trata de tolerar a alguien, sino de aprender a convivir con ese alguien. De respetar su identidad. Y de intentar compartirla.

Pero no resulta fácil inculcar algo que los docentes sentimos que nos falta. Porque ese respeto no se halla en ninguna de las disposiciones legales y curriculares que nos atañen. Cambios y reformas que nos convierten en profesionales eternamente ninguneados por una sucesión de Ministerios que rara vez escucha nuestra voz y que en los últimos años –en la era wertiana– ha sido sistemáticamente vapuleado hasta llegar a una de las Reformas más torpes, obstinadas y antieducativas que se recuerdan.

El respeto no es compatible con la imposición de una ley que nace sin consenso previo y que se ejecuta desde el caos y la improvisación –es desolador atender a las dudas que, al respecto, surgen en los claustros de cualquier centro–, dando lugar a situaciones kafkianas y, sobre todo, a una sensación de perplejidad e impotencia por parte de quienes habremos de llevarla a cabo. Improvisación en los currícula, en el calendario, en la disposicón de las diversas materias y hasta en la supresión o, cuando menos, cierta invisibilidad de algunas de ellas. Improvisación que conlleva una criticable pero entendible dejadez: ¿para qué dejarse la piel entendiendo algo que no se comparte y que, sobre todo, no tiene una verdadera justificación? Nos esforzaremos por hacerlo, claro, pero no porque creamos en ella -¿se puede conseguir la tan cacareada calidad educativa desde el escepticismo?-, sino porque nuestra prioridad son los alumnos y sabemos que a ellos no podemos condenarlos a la confusión en que nosotros nos hallamos.

Tampoco se puede hablar de respeto cuando se condena a la incertidumbre a tantos profesionales de asignaturas tan maltratadas –¿hasta cuándo?– como Plástica o Música que ven, una vez más, como sus asignaturas son relegadas por una ley que condena la cultura en pro de una conveniente alienación de sus estudiantes. Para qué fomentar la pasión por aquello que nos humaniza cuando podemos seguir siendo el país ignorante y provinciano que éramos unas décadas atrás. Nada como privar de la sensibilidad cultural a las nuevas generaciones para que se imponga la caspa y se limite la creatividad, arma peligrosa que podría mover conciencias y, peor aún, desestabilizar y romper límites.

No parece signo de respeto la sordera interesada del Ministerio de Educación ante las críticas de quienes defendemos un modelo educativo no mecanicista, alejado del elogio a la memorización y el dato inútil que subyace en la LOMCE. Técnicas de estudio prehistóricas que reverdecerán en las Reválidas -¿se imaginan el grado de desmotivación y tedio que provocarán en las aulas?- y en cuanta prueba externa quiera servir de test a nuestros estudiantes, a quienes no tendremos ya que educar, sino preparar como hábiles saltadores de obstáculos a quienes habremos de advertir de las vallas –numerosas– que encontrarán en su camino académico.

No cabe atisbar respeto alguno en un ministro que, tal y como ha sucedido recientemente, propone sustituir vacantes de profesores con becarios, como si el trabajo de la enseñanza no requiriese preparación, tiempo, experiencia o esfuerzo. Total, parece deducirse de su brillante idea, cualquiera puede hacerlo. Así, además, se sobrepasan las atribuciones y obligaciones de esos becarios, obligándoles a llevar sobre sus hombros una responsabilidad que en modo alguno les corresponde y rematando una propuesta que, de puro insultante e improcedente, acabará siendo verdad.

Respeto no es llenar las aulas de alumnos hasta alcanzar cifras inverosímiles. Ni insinuar que las quejas del sector educativo se deben a nuestra pereza –que viva la leyenda negra– o a nuestra desgana. Ni negarse a recibir cualquier tipo de crítica o de propuesta de quienes vivimos la realidad de las aulas y hemos de sufrir cómo todo el mundo opina sobre nuestro trabajo sin que se nos permita defender ideas que nos permitirían mejorarlo.

Y puede que todo fuera de otro modo si ese respeto sí existiese. Si se escuchase. Si se llegara acuerdos. Si no se fomentara la continua inestabilidad y precariedad de un sistema educativo donde todo parece abocado a cambiar de inmediato y sin planificación alguna. A eso, en cierto modo, se reduce el vaivén de reformas y el desconcierto de profesores, padres y alumnos: para qué construir un sistema sólido, para qué apostar por un pacto educativo, para qué cimentar una escuela que no se tambalee con cada nuevo gobierno si podemos utilizar la educación de moneda de cambio para improvisar cuanta reforma nos plazca. Especialmente si esa reforma –recordemos el nefando 3+2– permite que quienes ostentan el poder se mantengan bien aferrados a este mientras la base de la pirámide sigue pegada al suelo, sin más aspiraciones que las de sobrevivir en un mundo sin música, sin cultura, sin estudios superiores y, en definitiva, sin horizontes. Y privar a la educación de su función de motor social es la falta de respeto más grave de todas.

Artículo publicado en el número 4051 de la revista Escuela

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