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Pedro Navareño

Perfil

1 septiembre, 2014

Como cada año por estas fechas, cuando se acerca el principio de curso, renacen los deseos del reencuentro con compañeros y cierta curiosidad por descubrir los desafíos que nos presentará la nueva etapa, aunque también, suele suceder, que una vez iniciado el trabajo diario, es fácil caer en la rutina de todos los años.

Acabo de leer un libro algunas de cuyas reflexiones me gustaría compartir, el título es El fin de la educación. Una nueva definición del valor de la escuela. Su autor es Neil Postman. 2006. Publicación que, por diversas circunstancias, hasta ahora no había caído en mis manos. El libro se divide en dos partes que, como el mismo autor dice, la primera es dedicada a la doctrina y la segunda son los comentarios. Aunque el texto se centra en la situación de la educación en Estados Unidos a finales del siglo XX, las reflexiones generales bien podrían ser de utilidad en otros contextos. En la primera parte nos habla de la necesidad de dioses, narrativas también denomina él, las cuales han sido los objetivos que han motivado y justificado el papel de la escuela a lo largo del tiempo; aprovecha también el autor para explicar lo que no ha funcionado en educación y nos propone los dioses que, según él, podrían funcionar. La segunda parte es más explicativa y particularmente expresiva y concreta en sus contenidos y argumentaciones. Pero, lo que podría servirnos para esta reflexión de inicio de curso sería lo que se plantea en el título del libro que, intencionadamente, tiene un doble sentido: primero, cuál debe ser el fin (propósito) de la educación y, en segundo lugar, se pregunta si realmente nos encontramos ante el final de la educación.

La primera acepción es una cuestión que, de acuerdo con al paso del tiempo, cada vez parece más complejo definir cuál debe ser el objetivo y justificación de la educación, es decir de los sistemas educativos. Pues, como todos conocemos bien, la educación siempre fue un instrumento al servicio del poder que ha servido más para perpetuar, o agrandar diferencias sociales, que para proporcionar igualdad. Aunque habrá que reconocer que hubo tiempos y circunstancias en los que,  a pesar de las adversidades, muchos lograron alcanzar niveles de formación académica superior.

Por  tanto, consideramos que preguntarse ahora cuál debería ser la finalidad de la escuela sería una buena cuestión para debatir en las instituciones educativas, en la familia y en la sociedad, para entender mejor el sentido de la vida y los niveles de exigencia que debemos tener para con nuestros jóvenes. No vaya a ser que admiremos a Corea del Sur por sus excelentes resultados en PISA y no sepamos que la media de la jornada de trabajo escolar de un estudiante de este país es de 15 horas, incluyendo horas de clase, y cuando llegan a la prueba de acceso a la universidad ronda las 20 horas diarias. Todo ello con el apoyo de sus padres, que tienen que costear las academias particulares a las que tienen que ir los estudiantes, incluso hasta la media noche. Eso sin contar los altos índices de suicidio de los jóvenes estudiantes por la presión a la que se ven sometidos.

La segunda acepción que Postman considera en su obra, es si estaríamos ante el final de la educación, hecho que sólo se produciría si no revisamos el quehacer diario de la escuela, para salir de la monotonía y la rutina impuesta por normas y textos que rigen, en buena medida, la docencia. Aunque él se resiste a ese final y apuesta más bien por su continuidad.

Pero más allá de estos cuestionamientos, quizás debamos pensar en el verdadero sentido  de la educación, es decir qué tipo de ciudadano queremos formar, un “homo economicista” o un “homo humanus”, es decir si queremos un mundo humanizado y sostenible en el que se respeten  los derechos de todos, o realmente queremos un mundo dominado por la economía (hoy el 46% de la riqueza está en manos del 1% de la población. Oxfam Intermón, 2013), donde el sistema educativo prescinda los estudios de humanidades y deje los currículos reducidos al estudio de materias utilitaristas y dirigidas a la producción económica (Martha Nossbaum). Esto es lo que, por su parte, Neil Postman denomina, en el libro citado más arriba, dios de la utilidad económica y dios del consumismo.

En definitiva, creo que sería bueno y necesario plantearnos con cierto rigor y seriedad cuál debería ser el fin de la educación, pues aunque parezca sencilla la cuestión, estoy seguro, que las respuestas pueden ser muy diferentes y un debate en profundidad puede ayudarnos a tomar conciencia de cuál puede ser nuestro papel como padres o docentes. Pues la sociedad, hoy más que nunca, necesita masa crítica para evitar que la crisis silenciosa de la educación (Martha Nossbaum), siga su camino con nuestra pasividad para hacernos cada vez más esclavos de un sistema que busca la desaparición de la democracia (Informe Lugano II. Esta vez, vamos a liquidar la democracia. Susan George).

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