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Pedro Navareño

Perfil

20 junio, 2014

“Dos caminantes divisaron a lo lejos unos grupos de personas y decidieron acercarse para ver que estaban haciendo. Cuando llegaron a donde estaba el primer grupo se dirigieron a ellos y les preguntaron: ¿qué hacen ustedes? ¡no lo ven!, respondieron los trabajadores: picando piedras. Un poco más adelante se encontraba el segundo grupo y preguntados por los viandantes de la misma forma, ellos respondieron: ¡no lo ven!, nosotros estamos haciendo un arco. Por fin se acercaron hasta el tercero de los grupos de trabajadores y les hicieron la misma pregunta, a la cual éstos respondieron: ¡no se dan ustedes cuenta!, nosotros estamos construyendo una catedral”.

Esto es lo que recuerdo de la narración que hizo el presidente del Ateneo de Valencia, si no recuerdo mal, en el inicio de la andadura de la nueva era del Ateneo de Cáceres, en un bonito acto celebrado ya hace unos cuantos años en el aula de cultura de Caja Extremadura en Cáceres.

Seguro que este cuento, como cualquier otro, tiene tantas versiones e interpretaciones  como personas lo cuenten e intenten explicar su significado, pero, es posible, que muchos podamos coincidir, al menos, en algunas cuestiones que parecen de sentido común.

La construcción de catedrales, obras majestuosas y admirables por su juego de espacios y volúmenes, sus elementos decorativos, símbolo de un poder, de un profundo sentido de solemnidad, de expresión espiritual y material de la religión, etc., son el resultado de diseñar, combinar y organizar una multiplicidad de pequeños objetos que debidamente articulados nos dan la impresión de ser un todo acabado, en el que las partes que lo forman se integran en la inmensidad del conjunto, permitiendo que aquello que aisladamente tiene un valor muy limitado, integrado y añadido a otros muchos, llega a adquirir un sentido que con mucho sobrepasa la simple suma del valor de las partes.

Cada piedra de la catedral, cada elemento decorativo, son el fruto del esfuerzo de una acción que, según la perspectiva de quién la hace, puedo generar satisfacción o simplemente rutina y duro trabajo ignorando el verdadero sentido que adquirirá una vez colocada en el lugar y el espacio que le asignó quien concibió la obra.

En el ámbito de las instituciones educativas, el primer grupo de trabajadores se autodefine como “picapedreros”. Son aquellos que se dedican a su espacio de trabajo de un modo cerrado, aislados del resto, que no participan de acuerdos comunes del conjunto del profesorado del centro, no se implican en proyectos colectivos, entendiendo que su obligación no va más allá de su grupo de alumnos y alumnas, de impartir su materia y conseguir mantener la disciplina del alumnado del que es directamente responsable. Se suelen definir como “profesores de”, es decir yo estudié para enseñar tal materia, no para otras tareas que nos quieren asignar. Por lo general, no participan de la vida de la institución educativa, más allá de su presencia física.

El segundo grupo de trabajadores, ya van un poco más allá y participan y comparten con los compañeros más inmediatos puntos de vista, algunos criterios de intervención, etc. Entendiendo que lograr una mejor formación del alumnado pasa porque existan mínimas acciones conjuntas que permitan dar coherencia al trabajo que cada uno realiza, todo ello como forma de coordinación para evitar incoherencias en sus acciones como docentes. Aunque no creen, en general, en los proyectos colectivos, sin embargo si aceptan y se implican en el trabajo de ciclo o departamento, sin ir más lejos.

El tercer grupo, lo formarían los docentes comprometidos, los que consideran que la educación y los objetivos de la institución educativa adquieren todo su sentido cuando picamos piedra coordinadamente todos juntos para construir catedrales, aquellos que creen en el trabajo en equipo, en las aportaciones colectivas, en los proyectos compartidos y la participación como eje vetebrador de las organizaciones que basan su funcionamiento en principios democráticos y de pluralidad. Aquellos que creen que la convivencia pacífica se construye con planteamientos coherentes y acciones conjuntas,  aquellos que creen que en el respeto al otro y que la ética de las organizaciones es un aprendizaje compartido que solo se logra y  construye con planteamientos coherentes y acciones armónicas. Es decir, los que piensan que nuestra tarea diaria como docentes debe dirigirse a la búsqueda de la formación de ciudadanos íntegros, con capacidad, voluntad, creatividad e imaginación para transformar la sociedad en un espacio de respeto a los derechos humanos, justo, solidario y pacífico, en el que todos pueden vivir dignamente. Son aquellos profesionales que trabajan cada día en los pequeños detalles, sabiendo que todos juntos harán de su alumnado, hombres y mujeres, ciudadanos y ciudadanas dialogantes, comprometidos y defensores de una sociedad más justa y una economía sostenible. Conscientes de que las grandes obras se construyen a partir de pequeñas acciones, que bien dirigidas e integradas en el proyecto educativo y social común nos conducirán a lograr la mejor sociedad posible.

Ahora que se acerca el final de curso quizá, u y disponemos de más tiempo, una buena cuestión sería reflexionar y preguntarnos cuántos de nosotros nos encontramos en cada uno de los grupos descritos, para así poder conocer un poco más nuestra realidad y la configuración de nuestra institución educativa. Sabiendo que el mundo de relaciones personales que se oculta detrás de la imagen que proyectamos de esas concepciones del trabajo, también reflejan como el agua cristalina nuestra verdadera actitud y profesionalidad.

Como conclusión, podríamos decir que: “sí quieres ir rápido, camina sólo, pero si quieres llegar lejos, mejor hazlo acompañado”.

3 Comentarios a “Picar piedras o construir catedrales

  1. Mª del Carmen Fernández

    Estoy completamente de acuerdo con la fábula que has descrito. Tendríamos que empezar por abrir los centros al entorno, por diseñar proyectos en colaboración con el alumnado y las familias, en tener abiertas las puertas de nuestras clases; en definitiva, en compartir conocimiento.

  2. beatriz

    Creo que tu reflexión podría extenderse a cualquier ámbito de la vida, a cualquier profesión. Desgraciadamente, estamos rodeados de picapedreros que van a la suya, “compañeros” que avanzan solos sin pensar en lo gratificante que resulta compartir trabajo y resultados. En parte los entiendo, es más fácil pensar solo en tu pequeña parcela, salvar lo tuyo… Es más cansado tener siempre en mente la catedral. Pero qué bien te sientes cuando te vas a casa después de trabajar. Aunque en casa te espere otra catedral distinta.

  3. Enrique Sanchez

    Gran parte del problema reside en estructurar el aprendizaje en saberes compartimentados cuyo desarrollo está a cargo de distintos especialistas. Los centros escolares se siguen organizando en departamentos, con sus correspondientes profesores responsables de la docencia de una o más especialidades. Departamentos y profesores que llegan a disputar por la adjudicación o no de ciertos contenidos. En cualquier caso, con o sin conflicto, lo habitual es que cada profesor sepa poco de lo que están haciendo los otros y haya pocos proyectos comunes, que impliquen compartir espacios, alumnos, tiempos y contenidos.

    http://www.otraspoliticas.com/educacion/asignaturas

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