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Fernando J. López

Perfil

2 octubre, 2014

Diez años se han cumplido ya, en este mes de septiembre, del desembarco de aquellos náufragos en la isla creada por el visionario J. J. Abrams. Una serie que cambió la historia de la televisión y cuyo desconcertante punto de partida podría ser una deconstruída síntesis futurista del ánimo y la perplejidad con la que muchos docentes hemos empezado este nuevo curso.

En nuestra isla particular también se imponen de un tiempo a esta parte, como sucediera en aquella serie, los flash-forward precipitados y los flash-backs inoportunos. Ejemplo de ello es el planteamiento repentino de nuevas materias sin los medios ni el presupuesto suficiente –como ha sucedido con la precipitada llegada a las aulas de la, por otro lado, interesante asignatura de Programación– o la injustificada supresión de otros contenidos cuya ausencia promete devolvernos a ese pasado de la –injustamente elogiada– EGB, donde disciplinas como la música y las artes ocupaban lugares casi anecdóticos.

Afrontar el curso al borde de una reforma –la nada consensuada LOMCE– en la que los profesores, padres y alumnos no hemos tenido voz alguna es, cuando menos, desasosegante, más aún si tenemos en cuenta los criterios desde los que se ha elaborado esta ley, donde se prefiere producción a creación y  rentabilidad a crecimiento personal y verdadero aprendizaje.

Así pues, entre coordenadas dispares y desencuentros con la Administración, nuestra isla corre el riesgo de retroceder en el tiempo exactamente igual que sucedía en aquella serie. Porque este curso, una vez más, hemos vuelto a las aulas masificadas de treinta y tantos alumnos en cada grupo de Bachillerato, porque se cierran colegios e institutos públicos por criterios ideológicos y económicos, y porque gracias al desprecio por las Humanidades de la LOMCE volveremos a hallarnos ante generaciones de alumnos que no aprecien la música, que no desarrollen su creatividad o a quienes no se les aliente en el fortalecimiento de su sentido crítico. El mecanicismo se impone a la reflexión y lo pragmático a lo humanístico, así que a los docentes y a las familias nos tocará suplir las carencias de los currículos oficiales para que la educación de nuestros estudiantes no resulte empobrecedora y, peor aún, alienante.

Y es que en estos tiempos en que mi generación de treintañeros parece sentir tanta nostalgia por sus años de EGB y BUP, no puedo dejar de estar en desacuerdo con semejante ola de (prefabricada) melancolía y valorar los logros de un sistema educativo que, pese a sus carencias y lagunas, sí ha conseguido objetivos que, en contra de lo que se nos cuenta desde la edulcorada visión del ayer, antes no se lograban. O, cuando menos, no del mismo modo. Materias como Literatura Universal , Educación para la Ciudadanía, Cultura Clásica o Ciencias del Mundo Contemporáneo –por citar solo algunos ejemplos– no ocupaban el lugar que hoy detentan ni se nos formaba en esos contenidos que ahora sí abordan nuestros alumnos de ESO y Bachillerato.

Por supuesto que no se puede caer en el conformismo: hay mucho por hacer. Y mucho que mejorar. Pero no se puede pretender que dicha mejora se produzca mediante la masificación ni la imposición –¿de verdad hay alguien que considere que la educación se puede abordar sin el diálogo?– de sucesivas y contradictorias leyes educativas. No pueden jugar, como si de los maquiavélicos guionistas de Perdidos se tratase, a mover en el tiempo y en el espacio a toda la comunidad educativa, anulando los logros de las reformas anteriores y apostando por medidas que quienes vivimos la realidad a pie de aula sabemos que están condenadas al fracaso. Claro que es difícil buscar el consenso, pero es ahí donde radica la única posibilidad de éxito de un sistema que se ve debilitado por confrontaciones electoralistas y ajenas, por completo, a la esencia de cuanto se ha de perseguir. Y si esa confrontación va unida a la sordera consciente de las instituciones, la situación empeora todavía más, impidiendo el debate necesario y dando lugar a situaciones imposibles.

De momento, y a la espera del próximo capítulo, nos toca seguir en esta isla. Esperando ver los resultados de una ley impuesta –que no propuesta– y con la que nadie, salvo sus creadores, está de acuerdo. Y mientras la educación sea una cuestión abordada desde el electoralismo seguiremos así. Desorientados y sin rumbo. Convertidos en una isla difusa e inestable donde las víctimas son siempre quienes deberían ser los protagonistas: nuestros alumnos.

Artículo publicado en ESCUELA nº4033.

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