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Fernando J. López

Perfil

31 agosto, 2013

No se les dan bien las cifras. Supongo que ese es el problema de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid y de ahí, precisamente, su obsesión por las reválidas y pruebas CDI varias, con el afán de que no se perpetúen en las siguientes generaciones su graves errores de cálculo.

Este nuevo curso arranca con más  pruebas de sus serios conflictos con la aritmética. Por un lado, las matriculaciones en la escuela pública han aumentado en 9.852 alumnos. Por otro, tenemos un tercio de maestros con sus oposiciones aprobadas sin destino asignado, gracias a los sangrantes recortes en las plantillas de todos los centros, donde se han eliminado vacantes necesarias. Y, por último, nos encontramos con las declaraciones de Lucía Figar asegurando que ‘aún hay que ajustar la cifra de maestros’. Como la semántica tampoco es lo suyo, ‘ajustar’ lo emplean -básica y exclusivamente- como sinónimo de ‘reducir’, así que está claro que consideran que a un aumento del alumnado le corresponde una reducción del profesorado.

Ante tal desajuste, solo cabe pensar que les cuesta trabajar con los números o que, por alguna maligna intención, prefieren atestar las aulas de la pública, sobrecargar a los maestros y evitar que se pueda llevar a cabo una auténtica y personalizada educación en nuestras escuelas. Eso, lógicamente, supondría inferir que prefieren el modelo de la privada y de la concertada, que están a favor del adoctrinamiento religioso y de la segregación por sexos, o hasta que no desean que la educación pública funcione de resorte de posible ascenso social dando oportunidades a quienes, de otro modo, carecerían de ello. Incluso supondría concluir que la supresión de las becas y la subida de tasas son dos medidas más que se suman a esa animadversión que les provoca todo lo que favorece la igualdad en un denodado afán por defender el elitismo y el abismo social.

Sea como sea, los números -de nuevo- no cuadran. Y lo peor es que esos números escoden nombres que, a su vez, designan vidas. Las de los alumnos y alumnas que convivirán en aulas con menos profesores de los necesarios. Pero eso -las vidas que se ocultan tras las cifras- parece importarles muy poco. Nada, en realidad.

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