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Fernando J. López

Perfil

6 mayo, 2014

El estudio de la Lingüística ha evolucionado. También la enseñanza de la Literatura. ¿En nuestros planes de estudio? No, en ellos -en los que ya tenemos, en los que se nos vienen encima- se prefiere el método prehistórico en el que creemos que basta con sustituir el subrayado de sintagmas con tiza por el subrayado de sintagmas en la pizarra digital. Cambiamos libros en papel por e-books y proyectamos en Powerpoint los contenidos de siempre en un alarde de innovación TIC. La esencia, lo que de verdad hay que revolucionar, sigue quedando en manos de cada docente, islas que afrontamos el día a día como un ejercicio de imposible equilibrio entre lo que debemos impartir -a fin de cuentas, nuestros alumnos serán juzgados por pruebas externas donde esos contenidos se les exigirán- y lo que creemos que realmente debemos impartir.

Entretanto, seguimos subrayando complementos -directo, indirecto, circunstancial…- y abordando el estudio de nuestro idioma con un aburrido y exasperante afán taxonómico que, por supuesto, no invita a reflexión lingüística alguna. Trucos manidos -pregúntale al verbo-, normas que no se cumplen -el sujeto es quien realiza la acción- y simplificaciones extremas -total, qué más da: solo hay que trazar bien la línea bajo cada función sintáctica- para que los alumnos sepan dibujar las cajas correspondientes en la CDI o en Selectividad. De eso se trata. Un objetivo tan pobre como la propia actividad. Tan ridículo como los planes de estudios en los que se sostiene.

Ahora, para que el absurdo sea completo, se propone en el borrador de Primaria que la tortura sintáctica comience ya en 2º de Primaria. Nada tan útil como enseñarle a un niño de 7 años qué es un complemento directo. Seguro que con eso motivaremos su creatividad, fomentaremos en él la pasión por la lectura y conseguiremos que comience a trabajar la correcta expresión oral y escrita. Cómo no va a aproximarse con interés y curiosidad al estudio de la Lengua si, desde tan temprana edad, le convencemos de que ese estudio consiste en algo tan fascinante como definir el sustantivo ‘transitividad’.

Después, por si la tortura sintáctica no hubiera sido suficiente, comenzaremos con el aprendizaje memorístico de autores, obras y movimientos. Iremos, curso a curso, abordando el estudio de la Literatura desde listados de nombres y, a ser posible, en estricto orden cronológico, porque no hay nada que pueda ser tan adecuado como leer a Góngora con 13 años o al Arcipreste de Hita con 12.

Cuando el prodigio educativo termine, nos llevaremos las manos a la cabeza al leer que la gente se agolpa para comprar la enésima parte de las memorias de Belén Esteban. Pero el estupor durará poco. Casi nada. Enseguida estaremos ocupados subrayando de nuevo. Sintagma a sintagma. De eso se trata de verdad todo esto…, ¿no?

Un Comentario a “La tortura sintáctica

  1. Enrique Sánchez

    Año tras año, el profesor de una asignatura imparte más o menos los mismos tópicos establecidos, la pequeña parcela de saber que le ha correspondido en el reparto de todo lo que académicamente se debe saber. Un temario que cambia poco a pesar de la sucesión de leyes educativas. Curso tras curso, se explican una y otra vez, más o menos por las mismas fechas, las reglas de formulación, las conjugaciones verbales, el motor de cuatro tiempos o el aparato digestivo. Con ello se consigue que cada profesor sepa cada vez menos, y no más, de las mismas cosas.

    Son pocas las desviaciones de los programas oficiales y más escasos aún los intentos interdisciplinares, las colaboraciones sistemáticas entre profesores de distintas asignaturas y el tratamiento simultáneo de los temas desde distintos puntos de vista. Y esto podría tener su explicación en el curso preparatorio para el examen de ingreso a la universidad pero es menos justificable en las enseñanzas obligatorias y menos aún en los primeros años escolares.

    Si se analizan los currículos, desde la educación infantil hasta el bachillerato, se comprueba que hay temas recurrentes, se diría incluso que obsesivos, que se tratan una y otra vez cada cierto número de cursos. La estrategia, al parecer, es el aprendizaje por repetición pero aumentando la dificultad. Pero el resultado no es el esperado porque, por citar un ejemplo, al finalizar sus estudios no se han formado grandes expertos en la digestión y el aparato digestivo, sino alumnos que saben dibujar un tubo en el que se conectan órganos pero que no saben alimentarse ni la forma correcta de comer y que además dudan al señalar dónde tienen el hígado o el estómago.

    http://www.otraspoliticas.com/educacion/asignaturas

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