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Fernando J. López

Perfil

27 marzo, 2014

¿Para qué queremos educar la sensibilidad de nuestros alumnos? ¿O desarrollar su creatividad? ¿O fomentar la pasión por las artes –plásticas, literarias, musicales- y convencerles de que la cultura les hace más libres? Al parecer, nuestro empeño no tiene nada que ver con la auténtica educación, esa que se impone bajo el nombre de LOMCE y donde se reduce a las Humanidades y a los peligrosos sujetos que la practicamos a la mínima expresión. ¿Es productivo que lean, que aprendan lenguas clásicas, que conozcan la Historia del Arte? En su modelo de sociedad, está claro que no.

Se mantiene, eso sí, el estudio de la lengua y la literatura, pero planteado con la sabiduría que solo poseen los que practican el más vivo desamor hacia la lectura. Gracias a la LOMCE, nuestros escolares podrán ser torturados con piezas medievales desde 1º de la ESO –una edad fabulosa para adentrarse en libros como El Buen Amor o el Mio Cid-, aborrecerán el Barroco en 2º y se verán sumergidos en la Ilustración en 3º. Con semejante programa de estudios se evitará que cualquiera de ellos pueda desarrollar una afición literaria y se reducirá, de este modo, el número de almas descarriadas que se acerquen a las librerías con curiosidad o –peor aún- entusiasmo. De aquellos que pretendan escribir, mejor no hablamos, porque imaginamos que los nuevos planes de estudio ya habrán previsto algún tipo de aula de castigo para disuadirles de ello.

Además, en un arrebato de empatía intelectual, la LOMCE también ha tenido en cuenta la cantidad de tiempo que perdemos pensando y ha decidido que, para evitar todo el sufrimiento que nos provocan nuestras ideas, la Filosofía se convierta en una asignatura poco menos que accidental, con el digno propósito de que los alumnos se entretengan en materias mucho más mecánicas y, por tanto, útiles. Aquellas materias en las que solo se les ayuda a reflexionar, a madurar, a conocerse y a encontrar mecanismos con los que afrontar su vida adulta desde la autonomía personal son claramente suprimibles. A fin de cuentas, seamos sinceros: pensar es doloroso. Y, para colmo, también difícil. Para qué someter a ese ritual a los más jóvenes cuando podemos demostrarles lo felices que se vive siendo piezas mudas en un sistema donde no se espera de ellos más que adecuarse a los movimientos –precarios y contundentes- del engranaje.

Así pues, frente al despilfarro humanístico-artístico precedente, la LOMCE propone medidas tan necesarias como el regreso de la catequesis y del rezo a nuestras aulas –léase con risas de fondo- laicas, convirtiendo la religión en materia esencial en los currículos académicos de nuestros alumnos, de modo que su fe se vuelve un criterio tan objetivo de evaluación como su conocimiento de la Historia o sus capacidades matemáticas. Con un poco de suerte, y tras barrer de la optativa que sustituirá a Ciudadanía cualquier alusión a realidades como la homosexual, la presencia de la religión ayudará a que la involución social se consolide y nuestras aulas fabriquen seres acríticos, intolerantes y retrógrados en masa, a pesar de que habrá que contar con la labor cotidiana de más de un docente empeñado en contradecir los sabios dogmas wertianos.

Por supuesto, la música -que en su cosmovisión no debe ser más que una forma de ruido arbitrariamente organizado- desaparece por completo de Primaria. Así se consigue que los profesores que hicimos BUP, donde la música solo era obligatoria en el primer curso, envidiemos la formación de nuestros alumnos como envidiamos, desde hace años, la que se ofrece en otros países muy cercanos. Ahora esos celos ya no tendrán sentido, porque educaremos en el analfabetismo musical a generaciones y generaciones de alumnos, ensordeciendo su sensibilidad y convenciéndoles de que cuanto hicieron Mozart, Debussy, Betthoven, Britten o Bach carece no ya de sentido, sino de algo mucho más importante en este siglo XXI: utilidad.

Dentro de algún tiempo –seguramente menos del que ellos creen-, la barbarie a que hoy nos someten se hará obvia. Nos habremos convertido en un país acrítico, zafio, vulgar y devorado por la ignorancia. Un país sin capacidad de reacción, sin ideas propias y donde la sensibilidad estará proscrita y condenada. Un país mediocre y, por supuesto, pobre, porque habremos desperdiciado todo nuestro potencial al negarle a las Artes y a las Humanidades su fundamental espacio.

Pero eso, por supuesto, tampoco les detendrá en su acción. Es más, les servirá de estímulo, porque cuando ello suceda sabrán que han conseguido su objetivo: lejos de la cultura nos volvemos dóciles y sumisos. Saben que la incultura es la kriptonita que necesitan para debilitar a esta generación de jóvenes que hoy llena las calles con sus voces y su discurso crítico, así que han decidido que lo mejor para acabar con esa voz es permitir, desde dentro, la invasión de los bárbaros. Y la LOMCE es su puerta de entrada.

Artículo publicado en el número 4017 de la revista Escuela

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