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Fernando J. López

Perfil

22 mayo, 2014

Más alumnos por aula. Menos medios. Menos recursos. Menos profesores. Y más pruebas externas que superar y en las que los estudiantes han de demostrar su capacidad para superar todo tipo de obstáculos que poco o nada tienen que ver con la educación.

¿Educación? El sustantivo se ha quedado desfasado en una sociedad que prefiere el adiestramiento –a ser posible, acrítico– de una futura mano de obra sumisa y barata que solo podrá acceder el nivel formativo correspondiente a su escalón social, impidiéndole cualquier ascenso gracias a reválidas, exámenes diversos y supresión de becas. Esas becas que hacen que muchos de nuestros alumnos –y quienes estamos en las aulas conocemos demasiados nombres y apellidos concretos- no puedan ya acceder a la Universidad.

La LOMCE no es más que un nuevo paso en ese camino hacia la privatización de las aulas, la consumación de un elaborado plan de desmantelamiento de lo público que permita al sector neoliberal afianzarse en su esfera de poder, siempre segregacionista, siempre minoritaria. Por ello no debería sorprendernos que en la futura Secundaria desaparezcan las Humanidades, que se acabe con la Música en Primaria, que se condene al ostracismo a la Filosfía en Bachillerato, que se barra cualquier vestigio de educación en la tolerancia y en la diversidad o que se consideren superfluos los refuerzos y las ayudas a los estudiantes con mayores dificultades.

A quienes diseñan el futuro de nuestros colegios, institutos y universidades no les pueden importar aquellos a quienes no conocen. Aquellos a los que su falta de empatía y de conciencia social les impide siquiera intuir. Esos alumnos que desayunan y comen en las cafeterías de nuestros centros gracias a los (escasos) medios del colegio o del instituto, porque en su casa no hay o no se les da. Esos alumnos a quienes pagamos entre diversos profesores las tasas de su Selectividad, o incluso su primer año universitario, para que no abandonen justo cuando están a punto de escapar de la miseria a la que el azar les había condenado por haber tenido la mala suerte de nacer en un entorno sin opciones. A los que están al otro lado de su particular espejo ese azar no les debe de parecer tan injusto y temen que la educación pueda acabar rompiendo el cristal. Destrozando el espejo que protege su privilegiado mundo. Invandiéndoles.

Por eso, porque no les importan e incluso les estorban en su fulgurante carrera hacia el control absoluto y la privatización del sector educativo,  nos plantean medidas como permitir que se pueda ejercer la docencia sin haber cursado estudios para ello. ¿Qué importancia tiene comunicar, transmitir, contagiar la pasión por aquello que se enseña? Nada importa la pedagogía y, a cambio, se prefiere el vómito conceptual y la inundación memorística. Lo mejor es abrumar a los alumnos con datos y herramientas, incluso cuando no se correspondan con su edad ni con lo que realmente les resultaría enriquecedor y formativo en esa etapa. Así, por ejemplo,  en los borradores de Primaria de la Comunidad de Madrid se plantean atrocidades como hablar del complemento directo a niños de 6 y 7 años, un método infalible para inculcar en nuestros escolares el odio por la reflexión sobre su propia lengua.

Hasta ahora, eran los profesores quienes solventaban las incoherencias del sistema aportando su conocimiento del alumno, su vocación humanista y su experiencia pedagógica. En adelante, esas cualidades no tendrán valor alguno, pues cualquiera que sepa lo suficiente de una materia será considerado, inmediatamente, profesor potencial de la misma. Así, al menos, se proponía recientemente en la Comunidad de Madrid, donde el desprecio hacia la opinión de docentes, padres y alumnos se ha convertido en una acendrada costumbre.

A veces, cuesta no rendirse y abandonar el barco ante tanto ataque interesado. Porque no hay error ni omisión en sus hechos, sino un plan bien trazado y seguido a rajatabla que jamás se hace explícito. Quizá si renunciasen al cinismo y verbalizasen, de una vez, el auténtico objetivo de todo ello hasta cabría entablar algún tipo de debate. Actualmente, bajo las consabidas excusas y el continuo desprestigio del trabajo de los profesionales de la enseñanza por parte de quienes deberían alentarnos, solo cabe mantenernos firmes en nuestras aulas y defender la educación en la que sí creemos.

Educación que es transmisión. Que es comunicación. Que es contribución a la autonomía de nuestros alumnos. No les demos la razón a quienes pretenden atontarlos. No optemos por la reproducción ni por la mímesis. Apostemos por la creación, por la crítica, por la reflexión. Hagamos de la pizarra –digital o no, qué más da– un lugar en el que compartir y experimentar, un instrumento desde el que crecer y donde invitar a nuestros estudiantes a hacerse más libres. Más independientes. Más maduros.

Y más personas.

Artículo publicado en el número 4024 de ESCUELA.

2 Comentarios a “Espejo roto

  1. adelina

    Estupenda reflexión que leí en ESCUELA. Lo hemos colgado del tablón de anuncios. Gracias

  2. Vriginia

    «Vómito conceptual». Me ha encantado esta expresión.

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