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Mariano Fernández Enguita

Perfil

27 diciembre, 2017

Zoom Social 02/2017 (Introducción), Fundación Alternativas

El mundo educativo presenta una resistencia a la incorporación al ecosistema digital que contrasta con su velocidad de expansión en el trabajo, el hogar, el ocio o la política. Esta resistencia deriva de la desconfianza hacia cualquier medio que no sea el medio escrito, en torno al cual gira la escolaridad, pero también de una pretendidamente necesaria resistencia a sus posibles efectos antiigualitarios. Las tecnologías de la información y la comunicación, los nuevos medios digitales, etc, no solo serían el objeto de negocio de poderosos actores industriales sino también una avanzadilla de la mercantilización de la enseñanza y el ariete de nuevas desigualdades.


Esta alarma se ha expresado a menudo en la idea de una brecha o fractura digital que separaría a inforricos de infopobres, a los que tienen de los que no, etc., una división binaria dañina para la infancia y la adolescencia en una sociedad ya desigual y más en una época de crisis y recorte del gasto. Los datos, sin embargo, muestran que la brecha en el acceso no es tal, no es una división binaria, sino una desigualdad muy gradual, y que se cierra más rápido que para cualquier otra tecnología anterior, y mucho más que para las vinculadas a la educación (como la escritura y el libro, o la escuela misma, que necesitaron milenios o siglos).


Por el contrario, lo que se abre es, más allá del acceso, una grave brecha en el uso, en la capacidad de utilizar y aprovechar para el desarrollo personal y social propio y ajeno las capacidades del nuevo entorno o, al contrario, verse reducido a su recepción pasiva como consumo, entretenimiento e incluso manipulación. Esto se revela en datos más pormenorizados sobre la variedad de usos y sobre los usos más complejos. Entonces encontramos una fuerte desigualdad asociada, sobre todo, al nivel de estudios, que parece aumentar, y a la edad, que persiste pero disminuye.

Precisamente es la mayor diversidad y flexibilidad del ecosistema digital lo que, al hacer que cada persona dependa más de sus propios recursos culturales, y por tanto del capital cultural del medio familiar y la comunidad próxima, genera el mayor riesgo de desigualdad. La respuesta a este potencial de desigualdad en la sociedad debería ser, como lo fue ante la llegada del medio escrito e impreso, la escuela, pero todo indica que, al menos de momento, no va a ser así.


La lentitud de la integración de la escuela en el ecosistema digital (o viceversa, tanto da) condena a una posición de neta inferioridad en éste a los individuos y familias peor situados. No solo eso, sino que, después de un arranque en el que la escuela pública, mayoritaria y con un alumnado de estatus socioeconómico algo inferior al de la privada y concertada, comenzó con un nivel de equipamiento claramente superior, los indicadores sobre los usos del mismo parecen apuntar a que ésta está haciendo un uso más intensivo y más vinculado a las actividades propiamente de educación y aprendizaje. En suma, que apunta el riesgo de que la propia institución escolar, en vez de compensar las desigualdades en el ecosistema digital que la rodea, las reproduzca e incluso las refuerce.

Un Comentario a “Desigualdades educativas en la sociedad digital

  1. Francisco

    Recuerdo mis primeros años en la escuela rural de una aldea andaluza en la que todavía sus habitantes no habían aprendido las 30 ó 40 palabras, imprescindibles hoy en toda reunión de padres (pocos) y madres que se precie, y que, entonces, solían manifestar sus deseos y aspiraciones con una sencilla frase: “Señor Maestro, lo que yo deseo es que mi hijo sea alguien el día de mañana”. No sé si será por su sencillez y claridad, ¡no contiene ni una sola palabra en inglés!, algo insólito , o tal vez porque ese era también mi deseo para los míos, le tengo un sincero respeto y afecto a la frase. El indefinido alguien tenía un significado preciso para el que sobraban los calificativos y aclaraciones. El ejemplo de los pocos alguienes era de dominio público.

    No pretendo refutar ninguna de sus afirmaciones, don Mariano. También yo hago pedidos por internet, hace mucho tiempo que no escribo una carta ni compro un sello de correos, ayer le hice una transferencia a mi hija pequeña, sólo 26 años, que está en Londres perfeccionando el inglés que comenzó a estudiar en el parvulario y la hice sin moverme de casa, me habla el mayor de los avances de la medicina con el instrumental de diagnóstico que emplean en su trabajo. Mis nietos me piden permiso para ver los “dibujitos” en el ordenador lo que me permite a mí ver el telediario…, pero sigo sin ver en las nuevas tecnologías algo más que una mínima ayuda cuando es razonablemente empleada en los centros de formación general y básica.

    Repito muchas veces la anécdota que se cuenta del filosofo Kant cuando comenzó sus tareas de profesor. Por razones políticas existía un riguroso control de programas y textos en las universidades hasta el punto de que se necesitada autorización expresa del Káiser para cualquier cambio. El Rector de la Universidad de Königsberg se adelantó a la llegada del nuevo profesor y le comunicó que estaba ya autorizado a impartir su materia con total libertad. Kant agradeció su gestión pero dijo que seguiría el texto oficial en sus clases: “es preferible un compendio a una improvisación”. Tantas improvisaciones se vienen practicando con las nuevas tecnologías en los centros docentes que dudo que esta práctica sea algo esencial para los alumnos que desean “ser alguien” en el futuro cuando ellos y sus padres desean que su futuro inmediato sea la continuación de los estudios sobre bases teóricas previamente aprendidas.

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