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Fernando J. López

Perfil

15 enero, 2015

Hay noticias que, en realidad, no lo son. Por eso me sorprende que, de repente, los deberes hayan saltado a los titulares de los medios escritos tras descubrirse que nuestros alumnos son los estudiantes europeos que más horas trabajan en casa. Y me sorprende porque se trata de una realidad más que asentada en nuestro concepto escolar a pesar de que, como se demuestra día a día, su utilidad sea más que discutible. Es sano que se provoque el debate mediático, sí, pero me entristece que la comunidad educativa –en la que me incluyo- no haya hecho ese análisis tiempo atrás y motu proprio: ¿de verdad no hemos sido conscientes hasta ahora del volumen de trabajo extra con el que cargamos a nuestros alumnos?

No solo les pedimos que se interesen por nuestras materias –por todas y cada una de ellas- en el tiempo que compartimos en las aulas sino que, además, les exigimos que sigan haciéndolo en su tiempo libre. Les sancionamos si no lo hacen así –notas negativas, partes, amonestaciones…- y nos colamos en sus casas con una impunidad que no toleraríamos a nuestros jefes. Claro que no se trata de prohibir por decreto –aunque estemos en una realidad dondecobran cada vez más fuerza el veto y la censura-, pero sí de hacer una reflexión crítica sobre la utilidad de lo que les pedimos. ¿De verdad creemos que la repetición mecánica de tal o cual modelo de actividad les permitirá desarrollar sus destrezas? ¿Estamos realmente convencidos de que completar todos los ejercicios de cierta página de su libro de texto es la mejor forma de que asimilen los conceptos?

En mi experiencia, durante los últimos cursos me he visto obligado a reflexionar sobre qué hacen en casa mis alumnos. No solo por mis demandas, sino por la de todos mis compañeros –ya saben, el peligroso síndrome docente de “mi asignatura es la única” y, cómo no, también por sus padres. La investigación resulta tan obvia como desoladora: las horas de su tiempo libre que se vuelven obligaciones en unalumno de la ESO son, sencillamente, demenciales. Actividades extraescolares sin final –no siempre de acuerdo con las pasiones o habilidades del estudiante- y deberes de todo tipo y condición con los que ocupar el escaso tiempo libre que les quede entre el entrenamiento, el conservatorio y la academia de inglés.

Siempre nos quedará el argumento de “en nuestros tiempos hacíamos lo mismo” y quizá eso también debería hacernos reflexionar. Porque no se puede decir que la nuestra sea una generación –ni una sociedad- con gran afección hacia la cultura, que desborde los teatros o las librerías, que se agolpe en los auditorios o que colapse las exposiciones. Podemos tirar de la consabida nostalgia y, cómo no, de la idealización del BUP, del COU y hasta de la EGB, pero lo cierto es que la sobrecarga de deberes no funciona.

Es esencial que los adolescentes aprendan a ser autónomos y a gestionar su tiempo, pero eso requiere que racionalicemos nuestras demandas y busquemos el modo de convertirlas en útiles. No se trata de reivindicar el pragmatismo –no creo que la finalidad de la educación sea la construcción de un qué, sino la búsqueda constante del quién-, sino de plantear actividades que les lleven a la reflexión. Actividades que potencien su creatividad, su espíritu científico y su capacidad de trabajo en equipo. En ese sentido, al menos, sí me tranquiliza pasearme por muchos de los blogs educativos de mis compañeros de centros de toda España. Docentes que plasman en esos portales las experiencias que llevan a cabo con sus alumnos y donde consiguen que estos trabajen su materia en casa aunando dos realidades: por un lado, se trata de propuestas creativas en las que el aprendizaje se ve favorecido por un rasgo lúdico y, más aún, experiencial; por otro, se proporciona a los alumnos suficiente material e información para que su autonomía sea real y no dependa del nivel yde la capacidad de sus padres.

Porque ahí, en ese apoyo familiar, radica otro de los gravísimos problemas de los deberes: en su incidencia en la desigualdad social  entre nuestros alumnos. No todos disponen de los mismos medios, ni del mismo entorno sociocultural. Por eso hemos de conseguir que el aula sea el verdadero lugar de trabajo, porque ahí sí son todos iguales, sí cuentan con nuestro tiempo, con nuestra presencia y con nuestra dedicación. No podemos reducir el instituto al lugar donde se exponen los conceptos y, tras la clase magistal, se pide que las prácticas se hagan fuera para dedicar, después, una sesión a la monótona corrección de todas y cada una de esas actividades.

Me pregunto cuántos deberes navideños habrán tenido hace solo un par de semanas nuestros alumnos. Y cuántos de ellos serán de verdad útiles y motivadores… Pero me temo que, sin hacer la pregunta, todos conocemos la respuesta. En nuestra mano está cambiarla.

Deberes

 

 

 

Artículo publicado en el número 4045 de la revista Escuela.

3 Comentarios a “Deberes ¿inútiles?

  1. Enrique Sánchez

    Junto con “tengo que hacer la compra o la cena”, “tengo que pasear al perro”, “tengo que hacer la declaración de la Renta”, “tengo que llamar a mi madre”, “tengo que colocar mi habitación” y otros similares, el “tengo que hacer los deberes” es un componente más de esa retahíla de tareas, intenciones y responsabilidades no cumplidas que ocupa buena parte de nuestro pensamiento.

    Un peso, en definitiva. Un ruido que nos acompaña toda la vida, en el que se mezcla lo que uno debe hacer, sin que haga falta que se lo digan, con las obligaciones que a uno le imponen; de modo que vivimos en una confusión en la que resulta difícil distinguir cuáles de estas deudas son propias e intransferibles y cuáles son ajenas. Y gran parte de la dificultad reside en que la exigencia de comportamientos que espontáneamente no tendríamos forma parte, ya desde sus inicios, del proceso educativo.

    Porque la educación tiene mucho de condicionamiento, de conseguir que, ante ciertos estímulos, otros actúen o piensen de una determinada manera. Y ello incluye el convencimiento de que estos comportamientos se nos demandan por nuestro bien, o por el bien común, cuando muchos de ellos responden a los intereses de otros.

    http://www.otraspoliticas.com/educacion/los-deberes

  2. MaryanneDwight

    Yo estoy terminando historia del arte. Por decirlo así. No se si estoy al borde de irme, o de que me expulsen. Lo que se es que cuando termine, haré cualquier cosa menos eso para lo que me he formado. Que es nada, en realidad, porque los grados actuales nos hacen aprendices de todo, pero maestros en nada.
    Se que escoja, lo que escoja, será algo que me haga feliz.
    Que me permita pasar la navidad con mis sobrinos.
    Que me de tiempo a escribir, a conocerme, a seguir pintando.
    Hace tiempo que me echo mucho de menos.

    Los deberes, creo, son el principio de esto. De esta saturación que me corroe y me ahoga. Que me hace plantearme todos los días tirar la toalla. Exámenes que comienzan el 8 de enero. Con un trabajo obligatorio por asignatura. Asignaturas impartidas por especialistas de otra cosa, que odian aquello que imparten, pero es lo que más se acerca a lo que quieren.

    Prefiero pasarme cuarenta años de mi vida de cajera en un Día%, a esforzarme tanto en amargarme la vida y perderme a mi misma por el camino.

    Un dato curioso: Veo que los profesores que más ponen al límite de la cordura a los alumnos, son aquellos que fuera de sus despachos y del campus, no son nadie, ni tienen a nadie. Son los primeros locos de la cadena.

  3. Samuel

    Este año comencé la carrera de Historia con la idea de llegar a ser profesor de instituto y, si bien he tenido algunos profesores bastante buenos, los que verdaderamente me hicieron querer ser profesor fueron los malos. Desgraciadamente en la sociedad actual existe la idea de que la educación es tan sólo una herramienta, un medio para conseguir un trabajo respetable y decente. Espero ser capaz de transmitirles a mis alumnos pasión por mi asignatura y por aprender, en general.

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