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Fernando J. López

Perfil

13 noviembre, 2014

El lenguaje modela, determina y condiciona nuestra visión del mundo. ¿Existe aquello que no somos capaces de expresar? El debate podría enredarnos en una apasionante discusión filosófica –y filológica–, pero en el aula la realidad inmediata no nos permite perdernos en los vericuetos de los ensayos de Wittgenstein y sí que nos aboca a la urgente necesidad de abordar la carga social que se oculta tras nuestras palabras.

A veces –quizá con demasiada frecuencia- basta con observar la pizarra y las mesas antes de empezar la clase. Palabras escritas –con tiza o rotulador– apresuradamente (“Es broma, profe”) quizá sin conciencia de su significado o quizá, en el peor de los casos, dirigidas a alguien –un alumno, una alumna– que soporta con silencio (y sintiéndose culpable) la agresión continua del grupo. Claro que no es fácil intervenir ni determinar cuál es el grado de conciencia o de hostilidad en cada uno de esos improvisados rótulos , pero nuestra omisión solo puede ser contraproducente. Y, a menudo, cómplice. Mirar hacia otro lado o minimizar lo que se oculta tras cada maricón, tras cada puta, tras cada negro escrito en la pizarra como si no fueran más que cosas de críos es un modo de dejar la puerta abierto a la homofobia, la misoginia y el racismo que se ocultan tras estas palabras. La ausencia de contexto y, por tanto, la contundencia semántica de la que gozan en ese estadio de vigorosa autonomía las hace doblemente peligrosas, pues dibujan por sí solas una retrógrada visión del mundo enraizada en prejuicios contra los que aún nos queda mucho que luchar.

El manido son cosas de críos –o de adolescentes, qué más da– es algo que he escuchado con demasiada frecuencia en boca de docentes y de padres: profesores y familias que creen que  no hay que tomar en serio lo que no es más que el afán de provocar de alguien que desconoce el sentido profundo de aquello que está diciendo. Pero, precisamente por eso, porque lo desconocen, porque no se han parado a pensar en el alcance de sus palabras, hemos de intervenir y de educar: es nuestra obligación provocar el debate léxico y la reflexión ética.

La actual reforma educativa –la improvisada, apresurada y errática LOMCE– no apoya, precisamente estos contenidos. Más bien, parece querer alejarlos de las aulas, pues se prefiere el mecanismo y lo utilitario –saber hacer antes que saber pensar–a la concienciación y el trabajo de cualidades tan escasas y, a la vez, tan necesarias como el respeto o la empatía. Nos conformamos con el barniz de lo políticamente correcto –y con las peligrosas connotaciones de la palabra tolerancia– en vez de trabajar la comprensión, la interacción y la comunicación desde un enfoque que, sin dejar de lado lo utilitario, tenga una esencia humanística. Esa debía haber sido la esencia de la maltratada Educación para la Ciudadanía y ese debía seguir siendo un contenido que ocupase un lugar central en nuestras aulas.

Siempre nos quedará –nos decimos–la transversalidad, y confiamos en que el profesorado de Literatura aprovechará textos como Casa de muñecas o La Celestina para abordar la situación de la mujer o que el profesorado de Geografía e Historia hará lo mismo para provocar la reflexión sobre las desigualdades sociales y los problemas de la población inmigrante en esto que llamamos –con nuestro habitual ombliguismo- primer mundo. Confiamos, cómo no, en la buena voluntad de los docentes, de esos mismos profesionales cada vez peor pagados y que, sin embargo, se involucran más allá de lo estipulado porque creen de verdad en lo que hacen. Y por eso organizan grupos de teatro, o revistas escolares, o campeonatos deportivos, o cualquier otra actividad donde el verdadero contenido curricular no sea otro que la convivencia. La empatía. Y el respeto.

También podemos pensar que todo esto es fruto del pasado. Que ningún adolescente gay ni lesbiana sufre acoso por su condición. Que escribir maricón en la pizarra o en la agenda de un compañero no es más que una broma adolescente. Que la situación de la mujer es óptima y no hay machismo de ningún tipo. Que el análisis de los micromachismos no es más que una diversión de una sociedad ociosa. Que el racismo y la xenofobia son términos obsoletos que ni siquiera deberían estar atestiguados en el diccionario tras su evidente abolición. Podemos optar, claro que sí, por mentirnos. Por la complacencia con una sociedad perfecta en su diseño e imperfecta en su ejecución y, mejor aún, si obviamos lo segundo  nos evitaremos la cansada tarea de tener que educar a nuestros alumnos o a nuestros hijos en algo tan difícil como los conceptos de la diferencia y la igualdad. Diferencia que, lejos de ser estigmatizada o escondida por capas de inútil neolenguaje, debe de ser defendida y valorada, porque solo de lo diverso nace lo coherente y solo lo distinto nos enriquece.

Artículo publicado en el nº 4039 del periódico Escuela.

4 Comentarios a “Cosas de críos

  1. Miguel Angel

    Lo que planteas, Fernando, es evidente.
    Admito, sin embargo, que ya peino demasiadas canas, lo que noto, sobre todo, en que he leído demasiadas veces estas cosas.
    Me permito hacer un ejercicio de abogacía del diablo y sugerir las siguientes maldades.

    1.- Das por supuesto que todos los profesores estamos de acuerdo en que hay que corregir, reflexionar y tal. La verdad es que me permito disentir. La imagen que pintas de una sociedad agresiva y un profesorado que es el último bastión para parar los desaguisados de aquella no es verdad siempre. Entre los maestros, como entre el resto del mundo, “hay de tó”.

    2.- Disiento de la pulla que lanzas a la LOMCE. Soy de aquellos prehistóricos que defendieron la LOGSE con su vida. Media vida después estoy seguro de que no habrá ley que haga que los profesores dejen de hacer en clase lo que les dé la real gana. Eso de que ahora enseñamos a saber pensar y con la nueva ley no nos van a dejar, no vamos a tener tiempo, etc., ya no me lo creo. La LOGSE fue incapaz de desterrar las clases-tostón y la LOMCE tampoco podrá hacer eso ni lo contrario. Si te apetece, pásate por alguna de las entradas de mi blog del descreido (si tengo un rato le voy a cambiar el nombre por este otro) y me entederás mejor.

    3.- Está bien eso de darnos un poco de jabón a los profes, cada vez peor pagados y tal. Pero eso es solo jabón. Ya dijo Lerena aquello de que la vocación (algo parecido a la buena voluntad de la que hablas) era una trampa saducea. Aquí cada uno hace lo que le apetece. Unos muchos y otros poco. Simplemente No todos hacen mucho. Ni todos pocos.
    Recordaré mientras no se me olvide la primera lección que me dio un maestro cuando yo era un pardillo. Se avecinaba una huelga de docentes. Y me dijo aquel andaluz, experto en sorna y cante jondo:
    - ¿Y por qué es la huelga?
    - Joder, para que nos paguen más -dije yo, muy militante.
    - ¿Y qué pasa, que si nos pagan más vamos a trabajar más?

    Saludos

    Miguel Angel

  2. Yolanda

    Debate léxico y reflexión ética: qué dos grandes retos para todos los profesores!!

  3. Claudia Gómez

    Gracias siempre por su compromiso con la educación. Estupendo post.

  4. Teresa

    No me canso de leerte, Fernando. Ojalá te leyesen todos los profesores de España. Y se convenciesen de la importancia de ese ir más allá. Porque no todos tienen esa implicación, desgraciadamente.

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